
Presentación
Directorio Presentacion
de originales
Tesis
Volumen
I, Numero 1, Septiembre de 2008
Volumen
I, Numero 2, Enero de 2009
Topofilia:
Revista de Arquitectura, Urbanismo y Ciencias Sociales
Centro de Estudios de America del Norte, El Colegio de Sonora
Volumen I, Numero 2, Enero del 2009
Apuntes
para una historia de la vivienda para los trabajadores en Monterrey, México.
Adolfo Benito Narváez Tijerina
Resumen:
El
artículo reseña la evolución de las viviendas para los trabajadores construidas
en la ciudad de Monterrey en el noreste de México entre su fundación en 1596
hasta la gran expansión urbana experimentada en las décadas de 1960 y 1970. Se
ocupa de describir los proyectos, emprendimientos privados y populares más
emblemáticos de su historia, desde la incipiente industrialización, las
ciudades-fábrica de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, hasta la
obra oficial encaminada a la implantación de proyectos de multifamiliares en el
corazón de la metrópoli. Como conclusión se reseña uno de los proyectos
habitacionales más importantes de la arquitectura racionalista en la ciudad:
Los condominios Constitución y el proceso de proyecto de su promotor, el
Arquitecto Urbanista Guillermo Cortés Melo.
Abstract:
The
article shows the evolution of workers housing built in Monterrey in northeast
Mexico between their foundation in 1596 to the great urban expansion in 1960
and 1970 decades. They are described the projects, private building works and
popular housing most important projects in their history, since the beginning
of industrialization, the Cities- factory of the late XIX century and early XX
century, to the government’s works of housing directed to implant projects of
massive housing in the historical downtown of Monterrey. As a conclusion it is
outlined one of the most important projects of rationalist architecture in the
city: the Condominios Constitución, the process of architectural project and
their promoter, Architect and Town planner Guillermo Cortés Melo.
Palabras clave:
Historia
urbana, historia de la vivienda, vivienda para trabajadores.
Key Words:Urban History, Housing History, Workers
Housing.
Antecedentes: de
la fundación al ensanche.
La ciudad de
Monterrey, en la fundación de Diego de Montemayor, hacia 1596, se ubicó en lo
que hoy se conoce como el Barrio Antiguo, la evolución de la traza tenía hacia
la parte sur una barrera formidable para su desarrollo en el Río Santa
Catarina, lugar hondamente enraizado en la memoria colectiva de los habitantes
por haber acabado en varias ocasiones con la ciudad con sus pavorosas
crecientes. Este elemento, por sí mismo y estos hechos explican la creación de
algunos de los hitos más importantes de la ciudad como los santuarios marianos
de La Purísima
Concepción (aquietadora de las aguas de la creciente) y de
Nuestra Señora del Roble, pivote de la urbanización emprendida por Llanos y
Valdés- Clousset para la reubicación de la vieja ciudad, constantemente asolada
por el río. Uno de los personajes que más contribuyeron a establecer los
elementos característicos de la actual traza de la zona más antigua del
interior del anillo intermedio, fue sin duda el obispo Verger, que a finales
del siglo XVIII mandaría edificar el palacio del obispado, su casa de verano,
en ocasión de una hambruna que asoló a la región en esa época. Este elemento sería
uno de los grandes atractores de la traza desde esta época, y en el presente,
se ha convertido en uno de los grandes centros gravitacionales de valor del
polígono.
Con la muerte del
obispo, y la llegada de Llanos y Valdés, a fines del siglo XVIII y principios
del XIX, se daría un nuevo impulso al desarrollo de la ciudad, ahora con una
obra, centrada en la iglesia de Nuestra Señora del Roble, que jalaría la
edificación hacia el lado noroeste del viejo centro de la ciudad. La revisión
de los antiguos planos de la ciudad[1]
muestra cómo la planificación encargada por el Obispo Llanos y Valdés a
Clousset en las postrimerías del siglo XVIII
finalmente se convirtió en un modelo para la ocupación posterior de los
espacios urbanos que iría conquistando la ciudad durante el siglo XIX y XX. Un
damero que extiende cartesianamente hacia los alrededores fue la pauta para
organizar una edificación baja que cubriría cuando menos hasta los años
cuarenta del siglo XX las necesidades de la comunidad regiomontana.
Período
de expansión industrial hasta las ciudades fábrica.
Este modelo
propuesto por Clousset, académico de la Real Academia de San
Carlos y ayudante del taller de L’Enfant en ocasión del proyecto de la ciudad
de Washington, D.C., sería el que regiría urbanísticamente durante todo el
siglo XIX. Bajo el gobierno del General Reyes, este ensanche de la ciudad
llegaría hasta las inmediaciones de la Alameda Mariano
Escobedo, procurada por unos beneficios fiscales pensados para propiciar la
ocupación de estas parcelas. Esta época llevó la traza hacia la parte norte del
incipiente polígono, que encontraba un límite en las vías del ferrocarril, que
pasaban por lo que hoy es la calle Colón.
Las grandes
industrias tuvieron un formidable período de expansión hacia finales del siglo
XIX, generando plantas industriales que, en algunos casos, siguieron el modelo
de las ciudades-fábrica estadounidenses del período. Estos polígonos
industriales se ubicaron en la periferia noreste del antiguo centro urbano, lo
que explica en parte el peculiar agrupamiento de estos grandes espacios que
ahora establecen serios problemas de permeabilidad en esta zona del anillo. Las
industrias más emblemáticas de Monterrey datan de esta época, así como los más
importantes capitales locales, y están ligados espacialmente a esta primera
periferia.
Estas fábricas
llegarían en el momento de la incipiente industrialización de la región que
entre sus principales hitos tendría el fortalecimiento de las redes regionales
de intercambios comerciales y el inicio de la explotación petrolera en el golfo
norte de México por empresas extranjeras.
Justamente
el mismo año del inicio de las exploraciones petroleras en Tampico, en
Monterrey se instalaría la minera estadounidense American Smelting and
Refining Company (ASARCO). Como parte de un esfuerzo de expansión en
el territorio mexicano instalaron ese mismo año además de ésta, plantas en
Chihuahua, Matehuala y Velardeña. Con la instalación de la planta regiomontana
se importaron tecnologías y trabajadores a la ciudad. Como en el caso de la
industria inglesa en Tampico, los mandos altos e intermedios de la planta se
instalaron en la ciudad al margen de las formas urbanísticas y arquitectónicas
locales.
El
caso de ASARCO puede resultar típico en el contexto de las grandes plantas
industriales extranjeras de la época. La empresa optó por situar en sus
inmediaciones a las viviendas de los trabajadores, en lo que en esa época eran
las afueras del área metropolitana de Monterrey, lindando con la pequeña
población de San Nicolás. Constituyeron un núcleo autónomo de viviendas típicas
del medio oeste americano de la época: fabricadas en su mayoría con obra de
ladrillo de un trabajo parecido al de las viviendas y los edificios para los
ferrocarrileros, con aplicaciones de tablones de madera y dinteles de piedra
labrada en ventanas y puertas, con cubiertas a dos aguas de significativa
inclinación, las casas se concebían elevadas del terreno por un basamento de
piedra; con áticos entre el tejado y el segundo piso de las viviendas.
Aunque
es ya difícil reconocer la cromática original de estos edificios, es posible
que estuvieran pintadas de blanco, de azules grisáceos, de color arena y de
ocre y, en los casos en los que no se utilizara pintura, tuvieran el color de
los materiales pétreos y ladrillos con que estaba construida la mayor parte de
la obra. Los pórticos de madera con delicados detalles de carpintería,
resultaron por ese entonces en Monterrey, verdaderamente una novedad para la
obra que en general se construía en la ciudad.
Al
igual que en el caso de los nuevos habitantes ingleses de Tampico, en Monterrey
los americanos de ASARCO se decidieron por un diseño urbano de casas pabellón,
contra la forma predominante local de casas formando bloques compactos de
habitación, que típicamente estaba constituido por una apretada trama de
construcciones alineadas al paramento de la banqueta o de la calle con patios
grandes en su parte posterior en los que habría baños y horno, huertos y
corrales para soportar una parte de los gastos domésticos de sus habitantes.
Rodeando
a las casas de los empleados de ASARCO había espaciosos y bien arbolados
jardines y amplias calles interiores por los que seguramente circularon algunos
de los primeros automóviles de la metrópoli. Si uno observa los proyectos de
Ciudad- Fábrica de la época, como el de 1885 para la fábrica Pullman en
Illinois, se encuentran los mismos principios urbanos que, animados por el Laissez
Faire[2],
pretendían convertir a la ciudad en un órgano dependiente de la producción
industrial.
El
modelo de Pullman era prácticamente el que utilizaban las empresas fuera del
territorio estadounidense para sus administradores y obreros extranjeros: el
lugar de las viviendas y de los servicios urbanos se ubicaba aledaño a la
planta, el modelo contemplaba una traza de calles amplias y manzanas espaciosas
que definían su polígono en función de las rutas de trenes que conducían la
materia prima a la fábrica y que sacaban la manufactura; casas con alrededores
libres y amplios jardines y la ausencia total de divisiones de propiedad entre
las viviendas o cualquier edificio público, caracterizaría el lugar de
residencia de los trabajadores.
El
caso de la fábrica Pullman –y que pudo haber sido el de la mayoría de las
factorías- ciudad estadounidenses de la época- hacía esta ausencia de una
división territorial evidente, posible por varias razones: en primer lugar por
la ausencia de propiedades en el interior de estas colonias obreras. Las
casas, puestas en alquiler eran retiradas como apoyo a los trabajadores apenas
estos fueran despedidos de la fábrica; y en segundo lugar por el carácter
autónomo y cerrado de esta clase de comunidades; lo que remite inmediatamente
al tipo de comunidades religiosas que comentábamos páginas atrás, que serían el
cimiento de la manera de concebir la vida en comunidad tan marcadamente
individualista y autonómica que ha caracterizado históricamente al american
way of life.
Aunque
con otra clase de respuestas urbanísticas y arquitectónicas, en la ciudad de
Monterrey no tardaría en ser imitado el modelo de ASARCO. Los primeros modelos
de factorías con viviendas adosadas los podemos observar en las textiles como
en Hilados y Tejidos La Fama, que hacia el año de 1910 había adaptado
pobremente la utopía capitalista desarrollada en el mundo occidental
industrializado.
Unas
casas rodeaban a la fábrica formando un cinturón de defensa contra los ataques
Chichimecas que por entonces eran comunes aún en ese punto alejado de la
ciudad. Las entradas de las viviendas, dispuestas hacia fuera de la fábrica,
hacían que los obreros no pudieran penetrar a las instalaciones fuera de su
horario de trabajo. En realidad las casas eran simples cuartos redondos sin
servicios propios, y con pocas distinciones entre sí. Salvo la casa del capataz
que estaba formada por tres cuartos, el resto eran verdaderamente pequeñas, aún
para los estándares que se manejaban en la ciudad en esa época. Este conjunto
hace más bien referencia al modelo de las antiguas haciendas de la región, pero
en la medida en que en esta época se estaban desarrollando estos esquemas de
factoría en los Estados Unidos, es viable pensar que esta manera de concebir la
fábrica tenía que ver con la adaptación de esta visión a la ética y a la
estética de la producción industrial local.
El
modelo de estas fábricas inicialmente imitó al estadounidense inclusive en su
forma de administración. La crisis que sobrevino en las empresas
estadounidenses tras las pugnas sindicales que tuvieron lugar por la
introducción de mejoras en la productividad de las empresas –por las mejoras
tecnológicas y de administración de la producción principalmente- y la
reducción de los salarios de los obreros[3]
obligaría a los empresarios locales a imaginar unas maneras diferentes de
plantear a las ciudades- factoría, que aún en los años 20 y con el fracaso
estadounidense del modelo, se veían como ideales aceptables para muchos
empresarios locales.
El
caso de las viviendas para los obreros de confianza de la Compañía Fundidora de
Fierro y de Acero de Monterrey, ilustra bien este hecho. Fundándose en un
modelo que tenía varios puntos en común con el planteado por la utopía
ilustrada del Laissez Faire, incluyendo (el modelo local) una exclusión
de origen de cierto personal afiliado a sindicatos adversos a la empresa,
no dejó de tener algunos puntos de originalidad, como el hecho de hacer a los
obreros propietarios de sus casas y el evitar un sistema de empréstitos que
provocara una dependencia financiera –por la vía del pago de altos intereses,
como en el caso de los obreros de Pullman- de los obreros con la fábrica.
En
lo demás, se trataba de una fábrica situada en las afueras de la ciudad con una
colonia obrera en su interior y servicios públicos –de salud y de educación- en
las inmediaciones del asentamiento de los obreros. La forma arquitectónica de
las casas y su densidad de sembrado en el espacio urbano si eran diferentes de
lo que planteaba el modelo estadounidense. Más cercanas a los estándares de la
arquitectura tradicional de la ciudad , estos modelos, no obstante, integraban
elementos de estandarización en la construcción y de racionalización en el
diseño que serían inéditos en la experiencia local de la época.
La expansión metropolitana: los suburbios.
El obispado empezó
a representar un atractivo para la edificación de viviendas hasta entrado el
siglo XX. Sin duda, el movimiento revolucionario, que representó en la mayor
parte del país un hito negativo en el crecimiento urbano[4],
hizo que en esta época se diera un proceso de migración desde el centro hacia
estos incipientes suburbios por parte de la clase adinerada en un proceso que
va desde el inicio del siglo XX hasta los años 30 y que puede rastrearse,
curiosamente, en las edificaciones de
viviendas de lujo por la calle Padre Mier hasta la loma de Chepe Vera. Esta
segmentación inicial de la población que se fue del viejo centro, hacia el
poniente las clases adineradas y hacia el noreste y norte las clases
trabajadoras tomaría lugar justamente cuando inició el proceso histórico de
transformación del espacio urbano del viejo centro.
Esta época se
convertiría en parte aguas de la historia demográfica y social de México y como
se ha mencionado con anterioridad (García Ortega, 1998, Narváez, 2001) marcaría
el inicio de la paulatina substitución habitacional del centro metropolitano.
García Ortega (1998; 100) sostiene que este proceso es un fenómeno que empezó a
manifestar sus primeros síntomas en la década del 40 al 50, pero que se ha
hecho profundamente evidente en tiempos recientes. Datos del INEGI señalan un
fenómeno de desertificación de las áreas habitacionales que se ha visto
acelerado en los años recientes: los datos arrojados por el XI censo general de
población y vivienda (INEGI, 1997) señalan que en esta área de 700 hectáreas del
Centro de la ciudad de Monterrey (el área urbana comprendida entre
Constitución, al sur; Colón, al norte; Venustiano Carranza, al poniente y Félix
U. Gómez, al oriente) en 1990 habitaban 35,040 habitantes. El conteo de
población realizado en 1995, arrojó una cifra de habitantes de 24,974. Ello
indica un fenómeno de abandono del centro de la ciudad, un decremento de la
población del 30% de la misma en un lapso solamente de cinco años[5].
El declive
habitacional del centro inició un proceso de construcción de unos suburbios,
bajo la égida de otros modelos urbanísticos. Para la mitad del siglo XX estría
en proceso de consolidación hacia el poniente la colonia Mitras, rodeando al
Hospital Universitario, la colonia Vista Hermosa y la Colonia del Valle en las
afueras de lo que hoy es el interior del anillo intermedio. La evidente
diferenciación de esta traza con respecto al modelo urbanístico imperante en el
primer cuadro, señala hacia un cambio en el parcelario, motivado, no sólo por
la implantación de nuevos modelos urbanísticos cercanos al ideal de la
arquitectura moderna europea y estadounidense, sino por la necesidad de obtener
mayor ganancia por la venta de terrenos con nuevos arreglos en el parcelario.
Por otra parte, es evidente, en los emprendimientos de esta época, la necesidad
de contar con avenidas espaciosas y bien pavimentadas, lo que señala hacia el
privilegio del automóvil sobre el peatón, modelo que subyace desde esta época a
la mayoría de las soluciones urbanísticas construidas en la ciudad.
La revisión del
plano manzanero de la ciudad revela que las previas ocupaciones del suelo por
parte de las grandes empresas obligaron a los nuevos emprendimientos
habitacionales a ceñirse a sus límites de propiedad y al paso de las
infraestructuras que les sirvieron (como el ferrocarril) y que hoy les sirven,
lo cual generó una traza profundamente desarticulada, espacialmente
discriminada y de una accesibilidad pobre, contrastando con la buena
accesibilidad del resto del área de estudio. Ello, en la época de la
construcción de la mayor parte de estas colonias obreras no debió representar
un aspecto tan adverso al bienestar como en la actualidad, cuando la mayoría de
los habitantes no tienen, laboralmente hablando, nada que ver con estas
empresas que emplean mayormente a personas provenientes de la periferia de la
metrópoli.
El contraste en la
accesibilidad se refleja bastante bien en los valores del suelo del interior
del anillo intermedio, la falta de permeabilidad tiene este efecto perverso
sobre la ciudad.
La
explosión urbana: década de 1970, respuestas urbanísticas en el experimento de
viviendas de interés social. Los Condominios Constitución.
Hacia la década de
los setentas, con la gran expansión de la ciudad y el inicio de la
consolidación del área metropolitana inician los proyectos de “cirugía urbana”
al interior del polígono, que se extienden desde esa época hasta la actualidad
con intervenciones en el viejo centro, que se han caracterizado, sobre todo,
por la inversión en la apertura de vialidades de alta velocidad.
Tales acciones han
contribuido a acentuar los problemas de fragmentación de la estructura urbana,
antes promovida por las grandes empresas. Hoy, la estructura de la ciudad se
presenta desarticulada, diversa y truncada. Su organización responde muy bien a
su historia urbana reciente.
Frente a este
panorama de abandono y deterioro del centro desde la década de los sesentas
empezó a gestarse en la ciudad una visión de renovación urbanística. Una buena
parte de los urbanistas y arquitectos de la localidad se volcaron sobre la
tarea de recuperar la ciudad para sus habitantes.
Uno de los
planteamientos de Guillermo Cortés, planificador urbano recién llegado de
Europa a la ciudad, era fomentar una densificación del área central de la
ciudad mediante proyectos de edificios de departamentos bien equipados, con
suficientes áreas verdes, una equitativa dotación de servicios, bien ventilados
y “modernos”, que substituyeran al avejentado centro. Esta revolucionaria
visión a lo Voisin, pretendía establecer un escenario diferente para el centro
metropolitano, que le acercara “un poco” a un ideal de arquitectura que se
habría pedido prestado a la vieja Europa, que había sido conceptualmente
concebido por la Modernidad de la Arquitectura entre las dos guerras mundiales.
Durante el desarrollo
del Plan Regulador de Monterrey, tuvo lugar la visita del presidente López
Mateos a la ciudad, que era acompañado por Rodrigo Gómez, entonces presidente
del Banco de México, antiguo habitante del barrio El Najayote, situado,
precisamente frente al basurero de la ciudad, lugar privilegiado por su
ubicación y que serviría –por una decisión del Presidente, del Gobernador y de
Rodrigo Gómez- para edificar un conjunto habitacional dedicado a los menos
favorecidos y de la magnitud de los conjuntos habitacionales que se estaban
haciendo en la ciudad de México. En vista del trabajo de Guillermo Cortés, el
proyecto le fue asignado así como la supervisión de las obras.
Estas intenciones
desembocaron en el proyecto de los Condominios Constitución, situado en uno de
los márgenes del centro histórico de la ciudad –dentro de lo que es considerado
tradicionalmente como el primer cuadro de la ciudad- que, a decir de Barragán
(1992; 37), pretendía “aplicar las ideas imperantes en Europa para la
producción de la vivienda”. El conjunto se ubica en el margen del sitio de la
segunda fundación de Monterrey, la que fue asentada en el acta de fundación en
1596, tras la fallida expedición, la captura y el proceso de Carvajal.
La traza de los
alrededores revela su vecindad con los sectores más antiguos de la ciudad. En
efecto, la irregularidad del manzaneado de la zona de Barrio Antiguo, Tenerías,
el Najayote, etc., queda fuera del damero que Llanos y Valdez encargara a
Clousset para la ampliación del centro de Monterrey. De Aramberri hacia el
norte del primer cuadro de la ciudad es perceptible la regularidad y el cuidado
arreglo de la ciudad y sus edificaciones.
Para cuando dio
inicio el proyecto de los Condominios Constitución en los años sesenta, la
fisonomía de la mayoría de los edificios históricos aledaños había sufrido
grandes transformaciones. Solamente el polígono comprendido entre Padre Mier,
Naranjo, Zaragoza (al poniente del polígono) y Constitución, aún conservaba una
imagen más tradicional. Tiempo después con las obras de la Macroplaza en los
años ochenta, este polígono se reduciría a lo que hoy se reserva como zona de
resguardo patrimonial, hasta la calle Dr. Coss al poniente.
El proyecto
inicial de los Condominios Constitución espacialmente rompía definitivamente
con la trama de calles y de edificaciones preexistente, ya que, como es común
en estos desarrollos, tomó una porción del viejo centro, eliminando las
vialidades para construir una “supermanzana” en la que pudiera desarrollarse
otra estructura espacial, preferentemente en una retícula girada del damero del
centro para, tal vez, acentuar su
modernidad frente a lo viejo, deshaciéndose mediante este artificio de
cualquier preexistencia. El conjunto de edificios de ocho departamentos cada
uno se organizaba alrededor de tres grandes plazas que congregarían las
funciones públicas más importantes. En la central, que se abría hacia
Constitución y daba un amplio frente de una perspectiva de por lo menos 200 metros al río Santa
Catarina, según el proyecto original, se construiría un área comercial y cívica
para los pobladores del conjunto.
La imagen de esta
centralidad estaría marcada por una gran torre. Esta aparece en las
perspectivas de Cortés. Su trazo audaz refleja en buena medida el gusto por el
aerodinamismo futurista de la arquitectura internacional de la época. La
predilección que exhibe por la utilización de una estructura modular vista,
celosías y cubiertas de concreto tipo cascarón establecen la indudable
filiación de este proyecto para la centralidad del conjunto con los hallazgos
más avanzados de la escuela mexicana de arquitectura de la modernidad heroica
de la segunda mitad del siglo XX. Misma que había tenido su ápice en la Ciudad
Universitaria del Pedregal unos años atrás.
Esta zona del proyecto, la que establecía esta clara
filiación plástica nunca llegó a realizarse. En su lugar se hizo una escuela y
un parque de juegos infantiles; rodeando a la plaza se situaron los edificios
con apartamentos de lujo, que además de estar hechos con mejores materiales de
acabado contaban con una superficie interior considerablemente mayor que el
resto de los apartamentos del conjunto.
Las otras dos
plazas se disponían hacia los tercios oriente y poniente del conjunto, de una
superficie que correspondería a una cuarta parte de la plaza central,
aproximadamente, se proyectaban como espacios de esparcimiento para niños y
como lugar de encuentro de la población de las subzonas que se congregaban
alrededor de las plazas. Existían además
cinco pequeños espacios comunes en el lado poniente y tres en el lado oriente
del conjunto (que ocupaban cada uno aproximadamente una cuarta parte de las
pequeñas plazas) que harían la vida en comunidad más cercana y privada,
circunscribiendo, según la intención del arquitecto, pequeños ámbitos
vecinales, que eliminaran el gigantismo que imperaba en los conjuntos
habitacionales que se construían en México y Europa.
La
experiencia de habitar uno de estos conjuntos en Bélgica, mientras Cortés se
preparaba en urbanismo, hizo según el propio arquitecto, que concibiera un
habitar más cercano, de comunidades más cerradas y pequeñas. Eliminar el aire
despersonalizado que privaba en los conjuntos europeos, de bloques de
habitación enormes, que, según Cortés, la experiencia de Pani había repetido
acríticamente hasta la saciedad en México, era uno de los objetivos que
perseguía el proyecto de los Condominios Constitución. No obstante ello, la densidad habitacional que se empeñaba en
conseguir estaba ceñida a los estrechos criterios de los organismos de vivienda
gubernamental, que acercaron los criterios de proyecto a la mayoría de los
desarrollos de vivienda que se estaban llevando a cabo en el país en esos
momentos.
El conjunto
habitacional fue resuelto mediante edificios habitacionales que albergaran 1044
apartamentos, que se organizaron formando “cintas” que cerraban los espacios
comunitarios. Con la densidad proyectada se consiguió un conjunto de edificios
de cuatro plantas, que prácticamente duplicó la altura imperante en las zonas
aledañas del centro. Cada edificio, de dos apartamentos por planta, se
levantaba sobre el terreno hasta 11.70 de altura, la modulación de la fachada,
dividida por cuatro franjas de 2.85 metros de altura cada una, establecía el
sistema de orden visual del conjunto. Cada unidad medía 21.20 por 7.00 metros en planta,
ésta estaba modulada a partir de una trama de columnas de 3 por 3 metros para el área de
recámaras y servicios y 3 por 4
metros para el área social, un pequeño patio de servicio
de 3 por 2 metros
era un volumen que salía en la parte trasera de cada departamento, que
correspondía -al frente del departamento, en el mismo entre eje- con un balcón.
El dimensionamiento de los edificios habitacionales del conjunto parece tener
una base de 0.90 metros
y sus subdivisiones fraccionarias exactas (esto es 7.5 cm, 15 cm, 30 cm, 45 cm, 60 cm) Un sistema modular que
parece estar relacionado a primera vista con el Modulor, pero que encuentra más
relación con un sistema de racionalización de las medidas de los edificios utilizado
por las direcciones de proyectos de organismos gubernamentales del período,
como el Seguro Social.
Había
cinco tipos de apartamentos en el conjunto, esto se relacionaba con la manera
en que el equipo de diseño se organizó para el trabajo, hablaremos después de
ello en detalle, por lo pronto, basta con mencionar que cada apartamento tenía
una superficie, considerando las áreas de circulación dentro del edificio base,
de 80 metros
cuadrados. El esquema básico del apartamento estaba
segregado en dos franjas, una trasera que contenía en sus extremos a las dos
recámaras y hacia su centro el baño, la cocina (compartiendo un muro de
instalaciones) y el patio de servicio. En el patio se dispuso de un ducto que
conducía al depósito de basura del edificio. La franja frontal del departamento
estaba compuesta por el espacio de la sala - comedor y por una recámara.
Cada
departamento estaba proyectado para recibir a seis personas, lo que establecía
una densidad máxima proyectada para el conjunto de 626.4 habitantes por
hectárea. Si comparamos esta densidad (que hay que agregar que fue alcanzada y
superada cuando el conjunto fue ocupado en su totalidad) con la de la ciudad de
Monterrey en esa época, de 111.5 habitantes por hectárea[6]
el conjunto prometía una estrategia de superdensificación del centro,
multiplicando su capacidad habitacional de una manera jamás experimentada en la
ciudad. Es menester señalar que el incremento que experimentó la densidad de la
población en la ciudad al comienzo de la década de los sesentas –un cambio de
93 personas por hectárea a 111.5, tal vez ejerció una presión para la
transformación definitiva de la urbe. Tal es el caso de la decisión del
gobierno federal que finalmente desencadenó la construcción de los Condominios
Constitución, o las acciones de más largo alcance que emprendieron grupos de
choque apropiándose de las periferias y estableciendo las bases de la gran
expansión de Monterrey que experimentaría en la siguiente década. Ello se hace
patente en las densidades habitacionales de los años subsecuentes. Para la
década de los setentas la ciudad contaba con 83 habitantes por hectárea y para
mediados de los ochenta solamente con 64 habitantes por hectárea.
El
camino de la gente que residía en el centro poco a poco se fue dirigiendo a las
periferias de la mancha urbana, el período de los sesentas a los setentas,
desde mi punto de vista, hizo evidente el fenómeno de desertificación del
primer cuadro de la ciudad. Pese a ello no podríamos imaginar al proyecto de
los Condominios Constitución como un primer esfuerzo por revertir este proceso
inercial –aunque evidentemente podría haber sido una buena alternativa[7],
ya que imaginaba como una sola cosa las iniciativas de regeneración
espacial y las de regeneración social.
El
plan de regeneración de la zona también atraía una novedad a la tradicional
forma de tenencia de la tierra en la ciudad; el régimen de tenencia para los
multifamiliares no podía seguir siendo por arrendamiento, lo que obligaba a la
supervivencia del viejo sistema de terratenientes urbanos; tenía que venderse a
los habitantes, haciendo de ellos los propietarios de cada casa. Ello pareció
romper con la reticencia que habían experimentado los regiomontanos a hacerse
de una casa que “no estuviera plantada en el suelo”. Pese a ello, cuando ya se hubieron juntado
los posibles propietarios después del estudio socioeconómico de FOVI, empezaron
diversos problemas, que desembocaron en la ruptura del grupo hecho, un cambio
de nivel proyectado de ingresos mínimos de las familias para que tuvieran
acceso a los créditos y una campaña periodística de desprestigio a esta forma
de tenencia de la vivienda.
Era un proyecto que planteaba una revolución simultánea
en el espacio urbano y en el espacio social. Desde este punto de vista, aunque
no planteaba una formulación plástica novedosa en el contexto mundial, para
Monterrey este proyecto representaba la vanguardia, una de las rutas posibles
para el desarrollo de la ciudad.
Originalmente el conjunto estaba dedicado a familias de
mucho menores ingresos que las que finalmente ocuparon los edificios, ello
puede explicar las dimensiones tan reducidas de los departamentos en
comparación con lo que se estaba haciendo en la ciudad. Resulta extraño, para
la época en la que se hizo este conjunto en la ciudad, que éste ocupara un
sitio tan cercano al centro histórico. Ello tal vez se debería a la manera en
que fue concebida la localización del conjunto, que como otros conjuntos
habitacionales de la capital, intentaba rescatar una zona deprimida para la
ciudad. Cuando el proyecto fue asignado finalmente a Guillermo Cortés por el
presidente López Mateos, se organizaron las labores de proyecto en coordinación
con un despacho de arquitectura de la ciudad de México.
Cortés menciona que esta coordinación no fue tan
afortunada como él lo hubiera esperado, pues a su llegada a la ciudad de México
se le confinó a un cubículo para que bocetara sus ideas de diseño, presionado
por una constante vigilancia por parte de los arquitectos capitalinos (él
indica que tenía la impresión de que querían cerciorarse de su capacidad
técnica para diseñar) Cuando hubo terminado de hacer este trabajo regresó a la
ciudad de Monterrey y al poco tiempo recibió los planos firmados por el
arquitecto jefe del despacho capitalino. Cortés señala que el proyecto era
exactamente el mismo que él había hecho. A la vista de ello se deshizo de los
planos y desarrolló su proyecto con el equipo de trabajo con el que estaba
elaborando el plan regulador de la ciudad.
Las consideraciones sociológicas jugaron un papel muy
importante en la concepción del proyecto, se hicieron estudios sobre las
capacidades de renta y de ingreso de las familias, sus hábitos de compra, de
tenencia de vehículos, la preferencia sobre la habitación en altura[8], etc. Cuando se concluyó la construcción de la primera
etapa del conjunto hubo un cambio de nivel económico de la población
considerada en el proyecto. Según los criterios de FOVI, los condominios
deberían adjudicarse a personas de ingreso mayor. Con todo y que las solicitudes
para los apartamentos estaban prácticamente completas se desecharon por
completo. Cortés señala que después de esto solamente una solicitud cubría por
entero los nuevos requisitos.
Ello desató una crisis que supieron aprovechar los
periódicos, dando inicio a una campaña de desprestigio para los condominios. La
sociedad civil se empezó a cuestionar si esta forma de tenencia de la vivienda
era válida, tras de lo cual la campaña periodística se concentró en resaltar el
hecho de que los propietarios en realidad nunca poseerían el terreno de las
casas que compraban. Pese a ello, se consiguió conformar un nuevo grupo de
condóminos. Pero este cambio de nivel de ingresos de las familias atrajo
problemas técnicos al proyecto, ya que el número de cajones de estacionamiento
proyectados fue insuficiente debido a condiciones no previstas de tenencia
vehicular en los nuevos pobladores. Esto se hizo un problema mayor, pues el
primer año de residencia de los condóminos, por un problema administrativo
inexplicable nadie cobró la mensualidad de los apartamentos.
Es posible que esto se relacionara con el hecho de que
los fondos que se utilizaron para la construcción provenían de los Estados
Unidos por medio de la Alianza para el Progreso (un programa de la época de Kennedy
para “apoyar” los proyectos de corte social en el mundo subdesarrollado), Ello,
que implicaba la utilización de fondos que no tenían por fuerza que ser
restituidos a los Estados Unidos, tal vez hizo laxa la administración
financiera del conjunto habitacional. Ello hizo que los residentes formaran un
“fondo de ahorro” personal que a la vuelta de un año hizo que muchos de ellos
adquirieran un automóvil adicional, lo que provocó que los aparcamientos
escasearan aún más.
La construcción
por etapas no fue un asunto planeado del todo. Las dificultades inherentes a la
construcción en un basurero provocaron retrasos considerables en la
constructora encargada del lado oriente del conjunto. En muchos casos se
hallaban terrenos reblandecidos, o excavaciones muy profundas que habían sido
utilizadas como fosos para tirar los desperdicios, en otros casos la presencia
de gases producto de la digestión metánica de la basura retrasó bastante estas
obras, provocando incluso intoxicaciones graves en los obreros que trabajaban
en las fundaciones. Cortés señala que esto, aunado a formas ineficientes de
administración de las empresas encargadas de la construcción, llevó a la
quiebra a dos constructoras. El retraso en las obras de la segunda etapa y su
posterior inauguración flexibilizó las exigencias de FOVI para con los
ocupantes. La población de estos apartamentos ya no fue forzosamente de
familias con un cierto nivel de ingreso. Ni siquiera se siguió el criterio de
que se tratara exclusivamente de familias. Los edificios fueron comprados por
hombres solos, mujeres solas, las amantes de algún señor de dinero de la
ciudad, etc. Ello luego atrajo un fenómeno interesante de segregación socio
residencial en los condominios.
En efecto, uno de
los primeros síntomas de la transformación física del conjunto corrió al parejo
con la transformación de las expectativas de proyecto en cuanto a los
ocupantes. Cortés siguió durante un tiempo estas transformaciones del conjunto
y me ha referido que la vegetación plantada durante el proceso de ejecución de
las obras – en su mayor parte alamillos de la región- se deterioró rápidamente,
dando paso a un cambio perceptible entre las “mitades” del conjunto. El sector
más cercano al centro, el que estuvo ocupado por familias, permaneció –y en buena
medida permanece hasta hoy- conservando las ideas del proyecto original.
Esta segmentación
del conjunto en dos mitades atrajo otros hechos. El grupo de los Espartacos,
militantes activos en la guerrilla urbana que desató el movimiento del 68,
habían rentado uno de los departamentos del conjunto, que utilizaban como
centro de operaciones. Tras el desmantelamiento del grupo y su persecución
(algunos habitantes nos han informado de una guerra sucia de la policía
federal, que intentó sacarlos de los departamentos vecinos en los que se
ocultaron) algunos de los miembros de la guerrilla huyeron del país. Algunos
simpatizantes del movimiento, entre los que se cuenta incluso a un ex rector de
la Universidad, aún son habitantes del conjunto. Cortés asocia estos hechos
violentos a la falta de homogeneidad en la composición del tejido social que se
dio desde la primera etapa de ocupación del conjunto.
Asuntos más cotidianos empezaron
a transformar el aspecto del conjunto. El problema de la necesidad de pagar
cuotas de mantenimiento para los edificios y las áreas públicas, la
delimitación de lo que se considerarían áreas municipales, la necesidad de una
asociación de condóminos (que nunca pudo llevarse a cabo en la totalidad del
conjunto) que se encargara de los asuntos de comunidad, llevaron poco a poco
hacia el deterioro y la fragmentación al conjunto habitacional.
El equipo de
diseño de los Condominios se organizó siguiendo un esquema piramidal, a la
cabeza del equipo se ubicó Cortés, él se encargó del diseño del conjunto, del
paisajismo y del diseño detallado de un edificio tipo. El arquitecto indica que
la decisión de que esto fuera así tuvo que ver con la necesidad de dar solución
detallada al diseño de cada unidad habitacional. De no haber sido así, tal vez hubiera
habido fallas graves en el diseño de detalle. El resto del equipo, de
aproximadamente 20 personas, estaba organizado en cinco grupos, cada uno
encargado totalmente del diseño de un edificio tipo. A la cabeza de cada equipo
de diseño de detalle estaba un arquitecto, al que se subordinaban dos o tres
dibujantes. Este equipo de arquitectos luego consolidó una asociación informal
muy fuerte de diseñadores locales, que se han involucrado en el desarrollo de
proyectos de gran magnitud y en la creación del Centro de Investigaciones
Urbanas de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que funcionó con
financiamiento de la Organización de las Naciones Unidas y de la Organización
de Estados Americanos durante la década de los sesentas y los setentas.
Uno de los puntos de partida para el desarrollo de la
idea plástica del conjunto tenía que ver con criterios funcionales. Era
menester que los edificios no necesitaran ascensor, lo que restringió la altura
de los mismos a cuatro niveles. Decíamos líneas atrás que la vida de Cortés en
Bélgica, le había brindado una experiencia de primera mano sobre la vida en
estos conjuntos. Es fácil imaginar que por el período en el que fue concebido
el conjunto, la influencia de arquitectos capitalinos como Mario Pani fuera muy
importante para la concepción plástica del conjunto regiomontano. Pese a que la
ciudad había recibido ya una obra de Pani –el Condominio Acero, una obra
diseñada en los ideales más acabados de la modernidad internacional- Cortés y
sus seguidores se habían declarado ajenos a esta tradición capitalina.
Herederos directos de las posiciones críticas de la arquitectura contemporánea,
desarrolladas en el ocaso del modernismo heroico, parecían despreciar estas
experiencias capitalinas, moviéndose por otras rutas: Cortés señala cómo su
experiencia de vida en uno de esos conjuntos habitacionales europeos le hizo
reflexionar profundamente sobre la calidad de vida que se podría conseguir con
los criterios de diseño que aún privaban en América Latina.
El diseñar
unidades de grandes dimensiones, con accesos comunes, pocas conexiones
verticales o muy aisladas unas de otras y la gran altura de los edificios eran,
según el arquitecto factores que disminuían la calidad de vida. A ello enfrentó
un diseño concebido a partir de espacios abiertos de pocas dimensiones que
congregaban “pequeñas comunidades vecinales” en sus alrededores, edificios
concebidos como bloques de habitación de ocho departamentos como máximo, con
una conexión vertical central que llevara a los vecinos directamente a la
puerta de su casa, evitando con esto el que se recorrieran grandes pasillos[9].
Un elemento
fundamental del diseño lo constituyó el criterio de asignación de materiales de
acabado. Existía una necesidad manifiesta por FOVI de que los materiales de
recubrimiento tuvieran un bajo coste de mantenimiento y a la vez, que
garantizaran una buena calidad. Uno de los aspectos que más influencia pudo
haber ejercido en esta decisión tal vez esté relacionado con la costumbre de
utilizar en los desarrollos realizados por el gobierno federal, ladrillos
aparentes y recubrimientos pétreos. La obra de los arquitectos capitalinos que
en esa década se extendió rápidamente por la provincia llevaría esos criterios
a los estados, sobre todo por medio del Seguro Social. Ello tal vez acentuaba
la desconexión del conjunto para con su entorno urbano inmediato.
Cortés no
desarrolló ninguna clase de contextualización del conjunto con sus alrededores,
argumenta que el estado de deterioro del contexto debido a la naturaleza del
uso del predio del proyecto, hacía poco deseable el buscar una relación. Las
conexiones que ahora se ven entre los andadores peatonales del conjunto y
algunas calles de los alrededores parecen ser más encuentros fortuitos que
efectos intencionales buscados por los diseñadores. El sentido interno del
orden urbano que se trataba de conseguir en el conjunto no se debía de
comprometer por la posibilidad de establecer una conexión con el entorno.
Asumiendo este hecho como una evidencia del sistema de diseño utilizado,
podríamos adelantar que aún y con las ideas críticas de la modernidad que
germinaron en el diseño de detalle del conjunto, el plan urbano fue concebido
aún bajo los rígidos criterios del urbanismo tradicional, me refiero
concretamente a aquel desarrollado en el período de entreguerras como respuesta militante contra
la ciudad histórica.
El entorno poco a
poco se adaptó al nuevo uso del predio y se empezó a gestar una transformación
en los usos. Por la calle Florencio Antillón, que es la que da límite norte la
conjunto y le conecta con el centro de la ciudad empezaron a desarrollarse
talleres mecánicos, almacenes de abarrotes, restaurantes, taquerías, tiendas de
conveniencia y una iglesia, con lo que el conjunto rápidamente se integró al
resto del centro.
Existen elementos
de diseño que acentúan la diferencia del conjunto para con el centro de la
ciudad. Uno de ellos es el manejo de las instalaciones y los servicios. Un
criterio que privó en el diseño fue el de ocultarlas mediante el uso de trincheras,
ubicando casetas estratégicamente distribuidas para el registro, el
mantenimiento y la medición del consumo de los servicios públicos. Otro
elemento, que tal vez fue el más importante –pero a la vez el más perecedero-
de esa diferenciación del conjunto con sus alrededores lo constituye el diseño
de la jardinería. La densidad del plantado, su geometría, que seguía al trazado
rígido de los ejes del conjunto y las especies utilizadas colaboraron para
hacer en un primer momento una especie de “isla verde” que prometía una nueva
realidad para la ciudad. Así, como decíamos líneas atrás, el conjunto podría
ser concebido más que como una intervención puntual, como la promesa de una
nueva vida para el centro metropolitano.
Conclusiones.
La historia de la
construcción de viviendas para los trabajadores en Monterrey atraviesa grandes
épocas que se relacionan directamente con la estructura y encadenamiento de la
economía local. El arribo de una importante y pujante industrialización a la
ciudad se estableció sobre patrones ya conocidos de localización y dotación de
las viviendas para los trabajadores como ya se había experimentado en la etapa
anterior de una economía agropecuaria basada en la producción de las haciendas,
que como núcleos habían jugado un papel muy importante en la fundación y
consolidación de núcleos urbanos aledaños a la ciudad y que dotaron de recursos
a la metrópoli desde su fundación.
Un caso similar al
de un gran número de ciudades en México, que se rodearon de estas unidades
productivas preindustriales y que luego se convertirían en los orígenes de
poblaciones que en algunos casos recientes han sido absorbidas dentro de las
áreas metropolitanas en crecimiento. La incorporación de los patrones de
ordenamiento espacial de los espacios de vivienda y los espacios de trabajo de
las viejas haciendas a las nuevas fábricas se explica por la familiaridad de
estas antiguas formas para los poseedores del capital, que evolucionaron
justamente de estas maneras de producir riqueza hacia el prestamismo, las
adquisiciones sistemáticas y masivas de tierras en las periferias, el control
del comercio y la fundación de industrias. Se trataba en un principio de las
mismas familias, que adaptaban las viejas formas a los nuevos usos.
Es sorprendente
que ya en los inicios de la industrialización se siguiera utilizando a la
vivienda como un parapeto defensivo, como en muchos casos se uso a la vivienda
de las haciendas en la región por el constante asedio de tribus indígenas aún a
comienzos del siglo XX. Esta forma de utilizar a la vivienda, relacionada
evidentemente con las condiciones locales, hacía un gran contraste con lo que
ocurría en otros lugares del mundo industrializado, en donde nuevas formas de
relacionarse entre los trabajadores y los patrones, había generado nuevas
organizaciones espaciales y funcionales que relacionaban de una nueva manera a
los lugares de trabajo y a las viviendas de los trabajadores.
Tal es el caso de
los experimentos de los socialistas utópicos de los inicios del siglo XIX en
Europa, que desembocarían en las ciudades-fábrica de finales del siglo XIX en
los Estados Unidos, sobre todo. Estos modelos fueron adaptados durante la gran
expansión industrial de la ciudad de Monterrey experimentada tras la crisis de
finales del siglo XIX y desembocaría en el desarrollo de importantes proyectos
de vivienda, cada vez más lejanos de los primeros modelos basados en la
hacienda, para apegarse cada vez más a las experiencias desarrolladas por el
socialismo utópico. El caso de la Colonia Acero o de la Colonia Cuauhtémoc,
resultan emblemáticos de estos primeros esfuerzos.
Una mayor rectoría
del Estado en materia de dotación de vivienda para los trabajadores arribaría
después de la segunda mitad del siglo XX a la ciudad, los modelos ahora
abandonaban el paternalismo de los modelos de ciudad-fábrica para constituir
nuevas formas de vivienda social masiva que tuvieron su epítome en los
Condominios Constitución. La rectoría del Estado parece romper con los
esfuerzos privados a partir de estas iniciativas, que cristalizarían en el
establecimiento de INFONAVIT como el depositario de los esfuerzos que en
materia de construcción de vivienda emprendía el Estado en todo el país.
La crisis del
modelo de desarrollo estabilizador, que es la crisis del estado benefactor en
el país cambió mucho esta forma de producción de la vivienda para los
trabajadores. De ser el productor de la vivienda, el Estado se transformaría en
un vigilante de esa producción, hasta que, con el tiempo, sería desplazado casi
por completo, sujetándose la producción de la vivienda a las cambiantes fuerzas
del mercado inmobiliario. ¿Qué ha ocurrido con la economía metropolitana en ese
tránsito?
La economía de la
ciudad durante esta época ha experimentado una fuerte transformación. La
profundización de las políticas neoliberales del Estado mexicano ha encadenado
más a las grandes empresas con el extranjero, generando alianzas para la
producción que han diversificado las fuentes de financiamiento para la
producción, ampliando y diversificando la planta industrial local. En este
escenario, la producción de la vivienda se ha especializado en un sector que
aún y encadenado a los capitales locales y a las cámaras y asociaciones de
propietarios de la tierra, ha perdido el objetivo de los primeros emprendimientos
de vivienda para los trabajadores de inicios del siglo XX.
Con ello, la
dotación de la vivienda se ha transformado en el progreso de un gran negocio de
los desarrolladores inmobiliarios, que aportando una nueva lógica a la relación
trabajo-vivienda de los trabajadores, han rentabilizado más el negocio
inmobiliario a través de la edificación de conjuntos de vivienda en las
periferias de la metrópoli. Ello ha cambiado la manera de concebir la relación
de los trabajadores con sus lugares de trabajo, haciendo que en muchos casos la
inversión en infraestructura de transporte sea muy importante para solventar el
funcionamiento de esta relación. Y esos costos pasan fácilmente a ser erogados
por la sociedad en su conjunto, con lo que parte de la renta de las empresas
–que se han olvidado de invertir en la vivienda de sus trabajadores- y de los
desarrolladores inmobiliarios funciona realmente con un alto costo social, el
cual parece que no es retribuido en la misma cuantía que antaño.
Un modelo de
sociedad en la que la capitalización máxima es la aspiración mayor por parte de
los empresarios se asoma a la metrópoli, un modelo que ha probado su
ineficacia, ahora, frente a la crisis económica internacional que emerge. El
planteamiento de modelos de desarrollo con base en cada localidad y el
resurgimiento de los Estados Benefactores parece ser el escenario que se
avecina en el futuro mediato: una sustitución momentánea del capitalismo
salvaje por un modelo parecido al New
Deal que durante el gobierno de F. D. Roosevelt paliara los efectos de la
depresión económica provocada por el crack
bursátil de 1929.
La vivienda de los
trabajadores, un tema inagotable de discusión, podría cambiar de cara a esta
transformación que se avecina. Hemos sido testigos del hecho de que a cada
modelo económico y político en la metrópoli le ha correspondido una manera de
imaginar el espacio urbano y la arquitectura, las múltiples articulaciones
entre los lugares para trabajar y para vivir; los caminos para este cambio se
abren ahora, las rutas previsibles tal vez nos conduzcan hacia modelos más
eficientes energéticamente y consecuentes con el medio ambiente natural, ello
depende del esfuerzo y visión de los que desarrollarán la vivienda en el
futuro, pero, debería atemperarse por la visión de una sociedad cada vez más
democrática, educada y participativa. Ese es tal vez el mayor reto de los
técnicos en la materia.
Bibliografía
Barragán, Juan I. Arquitectos del Noreste. Número
monográfico, revista del Noreste de México. Monterrey, Urbis, 1992.
Ciucci, Giorgio; Dal Co, Francesco; Manieri- Elia, Mario; Tafuri,
Manfredo. La Ciudad Americana. De la Guerra Civil al New Deal. Barcelona, Gustavo
Gili, 1975.
García, Roberto. “Monterrey: centralidad urbana”, en: Atlas de Monterrey, Garza, Gustavo
(coord.), Gobierno del Estado de Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo
León, Instituto de Estudios Urbanos de Nuevo León, El Colegio de México,
Monterrey, 1995.
García, Roberto. “Monterrey: evolución, imagen urbana e
identidad cultural”, en: Monterrey 400.
Pasado y presente, Duarte Ortega, Nicolás (comp.), Facultad de Filosofía y
Letras, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 1998.
Instituto
Nacional de Estadística, Geografía e Informática. Estadísticas
históricas de México (volúmenes 1 y 2). Aguascalientes, INEGI, 1994.
Instituto Nacional de Estadística,
Geografía e Informática.
XI censo general de población y vivienda resultados definitivos.
Aguascalientes, INEGI, 1997.
Narváez, Adolfo Benito. La
casa de América. Camagüey, Cuba, Universidad de Camagüey, 2001.
Notas
[1] Una Colección de levantamientos
urbanísticos, mapas militares y proyectos urbanos de mediados del siglo XVIII a
la actualidad, localizada en diversas fuentes y archivos de la localidad.
[2] Esta política industrial
según Francesco Dal Co «nace junto a la primera manufactura; en América se
afianza en el marco político derivado de la filosofía de Hamilton a finales del
700. La ciudad – fábrica es la utopía del capitalismo empeñado en
edificar un sistema económico que no se base ya en la tierra, sino que esté
realizado por las máquinas: sin generalizar, se puede afirmar que la company-
town es un ideal que explicita la transformación de la base económica de la
nación americana y un modelo que interpreta el mito del primer capitalismo al
de una sociedad ‘perfecta’ al servicio de la manufactura» (1975: 203)
[3] El caso de la empresa de
Pullman y de las acereras de Carnegie ilustran muy bien este escenario del
naciente siglo XX. Las fábricas de Pullman desde 1893 inician un ataque al
salario de los obreros, que en este período, con despidos altos y la
utilización creciente de destajos se redujo en un promedio de 25% no tardó en
ocasionar problemas graves a la industria. Las rentas de las casas al interior
de la Ciudad- Fábrica
eran igualmente altas, entre un 20
a un 25% más de lo que se pagaba en la cercana ciudad de
Chicago. Este estado de cosas provocaría un endeudamiento constante de los
obreros con los comercios y los bancos controlados igualmente por Pullman. La
huelga, apoyada por el sindicato de ferrocarriles estadounidense y luego por
gran parte de las uniones de Chicago, terminaría con este estado de cosas en
donde no era posible la vida, aún y con los elevados estándares habitacionales
y con los mecanismos de rígido control de la vida civil que promovía este
modelo.
[4] Mientras que la ciudad de
México en el período de 1910
a 1921 vio incrementada su población de 471,066 a 615, 367
habitantes, Guadalajara lo tendría de 101, 208 a 119, 468; Monterrey de
78, 528 a
88, 479 y Puebla de 93, 521 a
96, 121 habitantes; la mayoría de las ciudades del país no correrían con esta
misma suerte, San Luis Potosí, vería disminuida su población durante la
revolución de 68, 022 habitantes a 57, 353; Morelia de 40, 042 a 31, 148; Guanajuato de
35, 682 a
19, 408; Zacatecas de 25, 900
a 15, 462; Cuernavaca de 12, 776 a 7, 117 y Veracruz de
48, 633 a
27, 623 habitantes, por mencionar sólo algunas de las principales ciudades del
país en ese momento (INEGI; 1994: 31-39)
[5] La densidad de ocupación
habitacional ha cambiado notablemente a lo largo del tiempo, y puede ser un
indicador para visualizar con mayor claridad este fenómeno. Mientras que en
1990 residían en el primer cuadro de la ciudad aproximadamente 50 habitantes
por hectárea, en 1995 residían cerca de 35 habitantes por hectárea. Si se
comparan estas cifras con las densidades medias de población del área
metropolitana de Monterrey en el mismo período encontramos diferencias
significativas. En 1990 (García Ortega y Garza, 1995:326) residían en toda el
área urbana metropolitana 316 personas por hectárea aproximadamente, y en 1995
residían 321.9 habitantes por hectárea (INEGI, 1997:23), lo que indica un
crecimiento real de la población en la ciudad producto no sólo de la ampliación
de su superficie, sino
de un sensible aumento en su densidad de ocupación. INEGI (1997; 23) señala que
en el área metropolitana de Monterrey entre 1990 y 1995 hubo una tasa de
crecimiento demográfico de 0.3%.
[6] La densidad histórica más
alta registrada hasta la década de los noventa que, con la incorporación de
municipios muy pobres y superpoblados, se alcanzó la cifra de 321.9 habitantes
por hectárea.
[7] Estos esfuerzos tomarían
carta de presencia en la ciudad hasta la década de los ochenta, primero con la
obra de la Macroplaza, una intervención de “urbanismo de buldózer” que pretendía
regenerar el ambiente de la zona central a partir de la construcción de un
ágora y un distrito financiero. La intención de Martínez Domínguez, a la sazón,
gobernador del estado, era atraer a los corporativos de la gran empresa
regiomontana a la zona para desarrollar los alrededores. El plan fracasó, como
ya hemos comentado, esta obra y su millonaria inversión no pudieron frenar la
tendencia al deterioro del centro metropolitano. La segunda gran iniciativa de
regeneración del centro en la década de los ochentas tuvo un carácter
patrimonialista, se concentró en el área fundacional de 1596, encontrando mejor
acogida en los sectores adinerados de la ciudad. Esta iniciativa tampoco
resultó afortunada, aunque recuperó una pequeña porción de los edificios históricos,
no atrajo una mejora substancial de la calidad de la residencia en el centro
metropolitano.
[8] En este sentido se
encontraron cosas muy interesantes, que contrastaban con la situación imperante
en la capital, como que el 95% de las personas preferían vivir en la planta
baja o en el último piso, mientras que solamente el 5% prefería residir en los
pisos intermedios.
[9] Estos criterios estaban
fuertemente condicionados por la seguridad de los niños, los espacios
comunitarios cercanos y pequeños harían según él, que hubiera mayor control de
los niños pequeños por parte de las madres o de la comunidad de vecinos, así
como el evitar grandes pasillos haría más segura la vida de los pequeños,
restringiendo, sobre todo, el contacto vecinal.
Ficha bibliográfica:
NARVAÉZ TIJERINA, A. Apuntes para una historia de la vivienda para los
trabajadores en Monterrey, México. Topofilia.
Revista de Arquitectónica, Urbanismo y Ciencias Sociales.
Hermosillo: Centro de Estudios de América del Norte, El Colegio de Sonora, 15 de enero de 2009, vol. I, núm. 2
<http://topofilia.net/narvaez.htmll>.
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