Presentación
Eloy Méndez
Inicio con una de las tantas definiciones del
turismo recogidas en este número monográfico de Topofilia: el turismo es la
redistribución pasajera del tiempo en
el espacio. El tiempo de ocio de masas, en general dispersas en el
tejido de las
áreas metropolitanas, es en ciertas circunstancias previstas
trasladado y concentrado
en destinos temporales para su consumo. El tiempo, entendido como
insumo
esencial de la mercancía trabajo orientada a obtener
productos mercantiles, es
desplazado y sufre cambio de rutina. El tiempo pasa de ser un lapso de
confluencia de voluntades, talentos y habilidades atareados en obtener
objetos
de consumo a ser un lapso de sólo consumo.
Con el turismo de masas el ocio dejó de
ser el
privilegio de unos cuantos abandonados a la placidez relajada de la
contemplación, ejemplificado en el Mediterráneo
de las primeras décadas del
siglo XX con el
deleite creativo de
artistas y escritores. La modernidad implicó el goce del
ocio como un derecho
de los trabajadores, en seguida convertido en golosina de vida breve
sólo
equiparable al frenesí del concierto de rock, o a la
esquizofrenia televisiva,
o la persecución automovilística en el cine. El
tiempo ya no se desvanece en el
aire, se atrapa y consume con avidez hasta el último
segundo, si se quiere,
literalmente, hasta el último trago.
Se ha extinguido la figura romántica del
tiempo
hecho gránulos de arena que se depositan lentamente bajo el
embudo de cristal,
sometido al infinito retorno cíclico con el sólo
volteo del embudo. Ahora el
tiempo tiene inicio y final, y no vuelve jamás, obedece a
una lógica lineal, ya
la fatalidad no recae en la repetición prevista, sino en el
desenlace. La
consigna no es repetir el día, sino vivirlo como el
último.
El ocio fue un símil del desperdicio
sólo
conferido a artistas y locos, que podían malograrlo de modo
inofensivo, debido
a que su noción del tiempo se asociaba con el devenir
caprichoso de las musas o
de las alucinaciones. En cambio, ahora se desdeña un tiempo
laboral que ya
arrebató de manera irremediable el capitalista, ahora el
tiempo de ocio “vale
más”, pues se supone propiedad del individuo. De
ahí que la ingeniería social
se distraiga tanto en conseguir el afecto del trabajador, un amor que
nunca existió.
En la lógica fabril, el tiempo de la rutina de trabajo era hacer y del turismo era estar.
En la lógica postindustrial, la rutina laboral consiste en conectar, la del turismo es transitar.
En el espacio hipermoderno confluyen flujos para producir,
en el espacio del turismo se conectan redes para movilizar.
En ambas situaciones el objeto de
interés sigue siendo el tiempo.
Antes el tiempo de ocio se sustraía al
tiempo
de trabajo, ahora el tiempo de trabajo se sustrae al ocio. Una rutina
de
trabajo es optimizada con la racionalización,
automatización y digitalización
de las actividades; una rutina de ocio se optimiza con el
ensanchamiento del
tiempo de consumo. Así, el trabajo segmenta el tiempo, el
turismo lo hace
continuo. Pero la diversidad social de la ciudad
contemporánea advierte
diversidad cultural, y con ella, diversidad de tiempos, varios ritmos
indisociables y en conflicto, cuya metáfora porta Marcos en
la Lacandona con un
reloj en cada muñeca: dos tiempos separados que son uno.
Si convenimos que cada persona equivale a un
monto determinado de tiempo, en el turismo el tiempo es convertido en
una
suerte de líquido continuo. En la medida de ser estacional
se comporta como
marejada, durante la acometida inunda calles, plazas, condominios,
centros
comerciales, terminales de transporte, playas y caminos conectores. Por
lo
contrario, en la baja deja vacíos los sitios de
atracción y las redes de
enlace. Constituye un sistema circulatorio compulsivo de llenos y
vacíos
intermitentes. Las horas-persona sufren el vaivén en
función de los lugares de
atracción que, al dejar de serlo, se vuelven de rechazo. Los
momentos de
sístole y diástole económicas provocan
en las redes urbanas el traslado masivo
y cíclico entre grandes y reducidos territorios, siguiendo
el ritmo de la ley
del embudo: los turistas se agolpan a las puertas de los atractivos
turísticos
y se relajan en el retorno a las metrópolis. Por eso no es
casual que la alta
velocidad y aun locura de los traslados disminuya abruptamente con el
colapso
del mercado inmobiliario y el desempleo, lo que acentúa de
súbito la estrechez
del paso de admisión.
La intensificación del turismo es la
otra cara
de la intensificación del trabajo. Ambas caras se
compenetran al grado de que
la lógica y el lenguaje laboral invaden el ámbito
del descanso. En el reino del
trabajo fabril, el descanso era el ocio absoluto, pues se pasaba sin
más del trabajo
productivo al consumo improductivo y de éste se retornaba de
nuevo a la
actividad física. En la sobremodernidad, el tiempo de
trabajo es un cuerpo
poroso con fugas hacia el ocio. Las conexiones y continuidades del
tiempo de
trabajo con el tiempo de ocio han terminado por crear “ocio
productivo”, el
turismo como actividad, y el gasto del tiempo ocioso está en
manos de los empresarios
del turismo, quienes lo organizan meticulosamente en paquetes con
horarios de
salidas, llegadas, comidas, brindis, tours, espectáculos y
traslados. Siempre
reforzado con imágenes lúdicas que recuerdan que
la “jornada” turística es ante
todo una experiencia de sensaciones:
en ella se produce, se aprende, se descubre y hasta se descansa con el
supuesto
de la diversión, por lo que todo enganche al paquete es
visual, pues así se
inicia la construcción del viaje que sugiere ciertas vistas,
sonidos, olores,
colores, temperaturas, texturas y sabores. Se deja al mensaje
subliminal,
también visible, el supuesto selectivo y el componente
erótico.
En la historia de los viajes los hay reales e
imaginarios. Entre éstos se incluye el viaje de Dante
Alighieri por el infierno,
el purgatorio y el paraíso, quien al final exclama
“¡Cuán escasa y débil es la
lengua para expresar mi concepto! Y éste lo es tanto,
comparado a lo que vi”
(2007: 535). Este comentario, como muchos otros, expresa la prioridad
que
otorga Dante a la imagen imaginada, muy por encima de palabras y
conceptos. Lo
cual me sirve para decir que del mundo de las imágenes surge
el imaginario del
turismo. De él surge, con él se retroalimenta y
con frecuencia con él pretenden
los promotores captarlo, realizarlo. El viaje turístico
tiende de esta manera a
ser convertido en una secuencia de imágenes antes que de
sensaciones. El
turismo de masas tiende a ser convertido en la vorágine de
imágenes y tiempos
de ocio en sucesión inagotable hacia agujeros sin fondo que
engullen todo. Las
ciudades del turismo son en la publicidad representaciones del
paraíso y se
reservan la realidad del día siguiente, en la que el paisaje
natural y
construido es menguado por la resaca del espacio
basura. El exceso de consumo de aglomeraciones
demográficas en superficies
reducidas durante tiempos breves, deja de ser visual y deja tras de
sí
toneladas de residuos, un lleno que no será
momentáneo, sólo despejado en
basureros enterrados o sumergidos en el mar, mientras se acumula la
bola de
nieve de la siguiente invasión.
El espacio se consume y con él sus
componentes:
la naturaleza, los edificios y toda clase de bienes perecederos
asociados. La
imagen del día después no es un atractivo
turístico, es su contrario, es real,
y queda tras la espalda del turista. Por eso estudiar y comprender las
ciudades
del turismo con el ánimo de modificar las
prácticas insaciables de recursos,
impacientes ante el reciclaje, complacientes en imágenes y
elusivas respecto a
las utopías del imaginario, tiene varias implicaciones. La
primera de ellas es,
desde luego, potenciar la sensibilidad sobre el menoscabo y hasta
extinción de
recursos no renovables. Otra es incidir en la actitud que pretende
aceptar la
naturaleza y la realidad en la medida de que mientan: la naturaleza y
la
realidad se falsean con demasiada frecuencia para que subsistan como en
la foto
de la tarjeta postal y el souvenir. Se oculta cada vez más
su carácter dual.
Bajo la epidermis del paisaje natural hay cada vez más un
andamiaje publicitario
para tenerlo en pie, también la superficie bonita e
interesante de las ciudades
es cada vez más un tablero representado, de ahí
la afición de sustituir paisaje
y ciudad con imágenes ideales. Es decir, el turismo es cada
vez más imagen, el
margen de lo imaginario se reduce: hasta hoy día lo uno ha
sido condición de lo
otro. Y una implicación más es contribuir a crear
vasos comunicantes entre la
ciudad interior y el lobby de hotel. Lejos de la idea de la venta
exótica y
perversa de la imagen de la pobreza, la violencia y la ilegalidad
dentro del
paquete de viaje, cosa que de alguna manera ya se hace, se
trataría de rescatar
la energía creativa del imaginario del turismo tanto en el
turista como en el
nativo, en perdedores y ganadores, en depredadores y conservacionistas,
crear
espacios físicos y sociales de interacción y
cambio, y, ¿por qué no? Espacios
para el disfrute. Para que este enunciado no quede en el simple deseo
sugiero
entender –y pongo a discusión la
hipótesis-, que el objeto del urbanismo del turismo
es la construcción sensorial del espacio urbano para la
mirada. Esto explicaría
por qué la ciudad moderna del turismo fue la ciudad teatro:
Venecia, una utopía
marina cuya versión final sería Brasilia, una
utopía política en el corazón de
tierra adentro. También explicaría que la ciudad
contemporánea del turismo es
la ciudad casino: Las Vegas, una utopía desértica
que ha desembocado en el mar,
en Dubai, una utopía de la seguridad. Y además
explica porqué la ciudad del
turismo del siglo XXI, que aun no tiene nombre, responde ya a lo
efímero,
ubicuo, nómada y ecotécnico, pues el objeto del
viajero no es el destino de
llegada, sino el viaje, ya que en éste se realiza la mirada.
Esto es asís desde
el Ulises de La Odisea hasta el
mochilero de Traveling Chanel.
Y en este plan termino de presentar con Roberto
Saviano, que en Gomorra (2008)
describe las acciones de la camorra napolitana. Saviano no intenta
tanto narrar
su viaje en la realidad de los entresijos de la mafia, como mostrar los
efectos
avasallantes de sus prácticas en la sociedad y el
territorio. Aplicado al
presente número de Topofilia,
intentemos
explicar, entender el encadenamiento lógico de las
intervenciones para el
turismo montadas en las imágenes de un paraíso
cuyo orden está exento de realidad
y desconectado del imaginario, pero con efectos bien anclados.
Lo expuesto es tan sólo una idea de
introducción al debate. Partimos de la
preocupación ante ese hilo continuo de
urbanización que pretende abarcar todo el litoral del Mar de
Cortés y del país,
una forma anómala que no hace ciudad. Un angosto hilo de
concreto armado,
acero, vidrio y plástico que exuda desechos, ajustado a la
playa sin
interrumpirse para dejar paso libre alguno, segmentado en predios
adyacentes de
propiedad privada, erige un interminable frente marino que da cuerpo a
los
proyectos más fantásticos con adjetivos carentes
de significado, mas no de
sentido: “sustentable”, o
“integral” y otros. El supuesto de que Dubai y
Cancún
pueden clonarse a capricho ha provocado que uno de los principales
campos de la
primera gran crisis del mundo globalizado sea el inmobiliario. Luego de
ocupar
burbujas en las metrópolis, los ricos del planeta quieren en
exclusividad islas
y playas, no aceptan que es el modelo territorial que ahora colapsa.
Toca a los
especialistas contribuir a entender el fenómeno, para en
seguida explicarlo y
fundamentar alternativas en busca de la relación amable con
el territorio. Es
el reto que motiva nuestro proyecto.
Bibliografía citada
Alighieri,
Dante
(2007) Divina Comedia,
Ángel
Chiclana, editor, Madrid: Austral.
Saviano, Roberto (2008) Gomorra, México, D. F.: Debate