II Coloquio Internacional: Ciudades del Turismo







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Volumen I, Numero 1, Septiembre de 2008
Volumen I, Numero 2, Enero de 2009
Volumen I, Numero 3, Abril de 2009
Topofilia:
Revista de Arquitectura, Urbanismo y Ciencias Sociales
Centro de Estudios de América del Norte, El Colegio de Sonora
Volumen I, Número Tres, Abril de 2009


imaginarios

Nueva fecha 8 y 9 de octubre del 2009

Número especial dedicado al Segundo Coloquio Internacional: Ciudades del Turismo: Imaginarios

Hermosillo, Sonora


Presentación
Eloy Méndez

Inicio con una de las tantas definiciones del turismo recogidas en este número monográfico de Topofilia: el turismo es la redistribución pasajera del tiempo en el espacio. El tiempo de ocio de masas, en general dispersas en el tejido de las áreas metropolitanas, es en ciertas circunstancias previstas trasladado y concentrado en destinos temporales para su consumo. El tiempo, entendido como insumo esencial de la mercancía trabajo orientada a obtener productos mercantiles, es desplazado y sufre cambio de rutina. El tiempo pasa de ser un lapso de confluencia de voluntades, talentos y habilidades atareados en obtener objetos de consumo a ser un lapso de sólo consumo.

 

Con el turismo de masas el ocio dejó de ser el privilegio de unos cuantos abandonados a la placidez relajada de la contemplación, ejemplificado en el Mediterráneo de las primeras décadas del siglo XX  con el deleite creativo de artistas y escritores. La modernidad implicó el goce del ocio como un derecho de los trabajadores, en seguida convertido en golosina de vida breve sólo equiparable al frenesí del concierto de rock, o a la esquizofrenia televisiva, o la persecución automovilística en el cine. El tiempo ya no se desvanece en el aire, se atrapa y consume con avidez hasta el último segundo, si se quiere, literalmente, hasta el último trago.

 

Se ha extinguido la figura romántica del tiempo hecho gránulos de arena que se depositan lentamente bajo el embudo de cristal, sometido al infinito retorno cíclico con el sólo volteo del embudo. Ahora el tiempo tiene inicio y final, y no vuelve jamás, obedece a una lógica lineal, ya la fatalidad no recae en la repetición prevista, sino en el desenlace. La consigna no es repetir el día, sino vivirlo como el último.

 

El ocio fue un símil del desperdicio sólo conferido a artistas y locos, que podían malograrlo de modo inofensivo, debido a que su noción del tiempo se asociaba con el devenir caprichoso de las musas o de las alucinaciones. En cambio, ahora se desdeña un tiempo laboral que ya arrebató de manera irremediable el capitalista, ahora el tiempo de ocio “vale más”, pues se supone propiedad del individuo. De ahí que la ingeniería social se distraiga tanto en conseguir el afecto del trabajador, un amor que nunca existió. En la lógica fabril, el tiempo de la rutina de trabajo era hacer y del turismo era estar. En la lógica postindustrial, la rutina laboral consiste en conectar, la del turismo es transitar. En el espacio hipermoderno confluyen flujos para producir, en el espacio del turismo se conectan redes para movilizar. En ambas situaciones el objeto de interés sigue siendo el tiempo.

 

Antes el tiempo de ocio se sustraía al tiempo de trabajo, ahora el tiempo de trabajo se sustrae al ocio. Una rutina de trabajo es optimizada con la racionalización, automatización y digitalización de las actividades; una rutina de ocio se optimiza con el ensanchamiento del tiempo de consumo. Así, el trabajo segmenta el tiempo, el turismo lo hace continuo. Pero la diversidad social de la ciudad contemporánea advierte diversidad cultural, y con ella, diversidad de tiempos, varios ritmos indisociables y en conflicto, cuya metáfora porta Marcos en la Lacandona con un reloj en cada muñeca: dos tiempos separados que son uno.

 

Si convenimos que cada persona equivale a un monto determinado de tiempo, en el turismo el tiempo es convertido en una suerte de líquido continuo. En la medida de ser estacional se comporta como marejada, durante la acometida inunda calles, plazas, condominios, centros comerciales, terminales de transporte, playas y caminos conectores. Por lo contrario, en la baja deja vacíos los sitios de atracción y las redes de enlace. Constituye un sistema circulatorio compulsivo de llenos y vacíos intermitentes. Las horas-persona sufren el vaivén en función de los lugares de atracción que, al dejar de serlo, se vuelven de rechazo. Los momentos de sístole y diástole económicas provocan en las redes urbanas el traslado masivo y cíclico entre grandes y reducidos territorios, siguiendo el ritmo de la ley del embudo: los turistas se agolpan a las puertas de los atractivos turísticos y se relajan en el retorno a las metrópolis. Por eso no es casual que la alta velocidad y aun locura de los traslados disminuya abruptamente con el colapso del mercado inmobiliario y el desempleo, lo que acentúa de súbito la estrechez del paso de admisión.

 

La intensificación del turismo es la otra cara de la intensificación del trabajo. Ambas caras se compenetran al grado de que la lógica y el lenguaje laboral invaden el ámbito del descanso. En el reino del trabajo fabril, el descanso era el ocio absoluto, pues se pasaba sin más del trabajo productivo al consumo improductivo y de éste se retornaba de nuevo a la actividad física. En la sobremodernidad, el tiempo de trabajo es un cuerpo poroso con fugas hacia el ocio. Las conexiones y continuidades del tiempo de trabajo con el tiempo de ocio han terminado por crear “ocio productivo”, el turismo como actividad, y el gasto del tiempo ocioso está en manos de los empresarios del turismo, quienes lo organizan meticulosamente en paquetes con horarios de salidas, llegadas, comidas, brindis, tours, espectáculos y traslados. Siempre reforzado con imágenes lúdicas que recuerdan que la “jornada” turística es ante todo una experiencia de sensaciones: en ella se produce, se aprende, se descubre y hasta se descansa con el supuesto de la diversión, por lo que todo enganche al paquete es visual, pues así se inicia la construcción del viaje que sugiere ciertas vistas, sonidos, olores, colores, temperaturas, texturas y sabores. Se deja al mensaje subliminal, también visible, el supuesto selectivo y el componente erótico.

 

En la historia de los viajes los hay reales e imaginarios. Entre éstos se incluye el viaje de Dante Alighieri por el infierno, el purgatorio y el paraíso, quien al final exclama “¡Cuán escasa y débil es la lengua para expresar mi concepto! Y éste lo es tanto, comparado a lo que vi” (2007: 535). Este comentario, como muchos otros, expresa la prioridad que otorga Dante a la imagen imaginada, muy por encima de palabras y conceptos. Lo cual me sirve para decir que del mundo de las imágenes surge el imaginario del turismo. De él surge, con él se retroalimenta y con frecuencia con él pretenden los promotores captarlo, realizarlo. El viaje turístico tiende de esta manera a ser convertido en una secuencia de imágenes antes que de sensaciones. El turismo de masas tiende a ser convertido en la vorágine de imágenes y tiempos de ocio en sucesión inagotable hacia agujeros sin fondo que engullen todo. Las ciudades del turismo son en la publicidad representaciones del paraíso y se reservan la realidad del día siguiente, en la que el paisaje natural y construido es menguado por la resaca del espacio basura. El exceso de consumo de aglomeraciones demográficas en superficies reducidas durante tiempos breves, deja de ser visual y deja tras de sí toneladas de residuos, un lleno que no será momentáneo, sólo despejado en basureros enterrados o sumergidos en el mar, mientras se acumula la bola de nieve de la siguiente invasión.

 

El espacio se consume y con él sus componentes: la naturaleza, los edificios y toda clase de bienes perecederos asociados. La imagen del día después no es un atractivo turístico, es su contrario, es real, y queda tras la espalda del turista. Por eso estudiar y comprender las ciudades del turismo con el ánimo de modificar las prácticas insaciables de recursos, impacientes ante el reciclaje, complacientes en imágenes y elusivas respecto a las utopías del imaginario, tiene varias implicaciones. La primera de ellas es, desde luego, potenciar la sensibilidad sobre el menoscabo y hasta extinción de recursos no renovables. Otra es incidir en la actitud que pretende aceptar la naturaleza y la realidad en la medida de que mientan: la naturaleza y la realidad se falsean con demasiada frecuencia para que subsistan como en la foto de la tarjeta postal y el souvenir. Se oculta cada vez más su carácter dual. Bajo la epidermis del paisaje natural hay cada vez más un andamiaje publicitario para tenerlo en pie, también la superficie bonita e interesante de las ciudades es cada vez más un tablero representado, de ahí la afición de sustituir paisaje y ciudad con imágenes ideales. Es decir, el turismo es cada vez más imagen, el margen de lo imaginario se reduce: hasta hoy día lo uno ha sido condición de lo otro. Y una implicación más es contribuir a crear vasos comunicantes entre la ciudad interior y el lobby de hotel. Lejos de la idea de la venta exótica y perversa de la imagen de la pobreza, la violencia y la ilegalidad dentro del paquete de viaje, cosa que de alguna manera ya se hace, se trataría de rescatar la energía creativa del imaginario del turismo tanto en el turista como en el nativo, en perdedores y ganadores, en depredadores y conservacionistas, crear espacios físicos y sociales de interacción y cambio, y, ¿por qué no? Espacios para el disfrute. Para que este enunciado no quede en el simple deseo sugiero entender –y pongo a discusión la hipótesis-, que el objeto del urbanismo del turismo es la construcción sensorial del espacio urbano para la mirada. Esto explicaría por qué la ciudad moderna del turismo fue la ciudad teatro: Venecia, una utopía marina cuya versión final sería Brasilia, una utopía política en el corazón de tierra adentro. También explicaría que la ciudad contemporánea del turismo es la ciudad casino: Las Vegas, una utopía desértica que ha desembocado en el mar, en Dubai, una utopía de la seguridad. Y además explica porqué la ciudad del turismo del siglo XXI, que aun no tiene nombre, responde ya a lo efímero, ubicuo, nómada y ecotécnico, pues el objeto del viajero no es el destino de llegada, sino el viaje, ya que en éste se realiza la mirada. Esto es asís desde el Ulises de La Odisea hasta el mochilero de Traveling Chanel.

 

Y en este plan termino de presentar con Roberto Saviano, que en Gomorra (2008) describe las acciones de la camorra napolitana. Saviano no intenta tanto narrar su viaje en la realidad de los entresijos de la mafia, como mostrar los efectos avasallantes de sus prácticas en la sociedad y el territorio. Aplicado al presente número de Topofilia, intentemos explicar, entender el encadenamiento lógico de las intervenciones para el turismo montadas en las imágenes de un paraíso cuyo orden está exento de realidad y desconectado del imaginario, pero con efectos bien anclados.

 

Lo expuesto es tan sólo una idea de introducción al debate. Partimos de la preocupación ante ese hilo continuo de urbanización que pretende abarcar todo el litoral del Mar de Cortés y del país, una forma anómala que no hace ciudad. Un angosto hilo de concreto armado, acero, vidrio y plástico que exuda desechos, ajustado a la playa sin interrumpirse para dejar paso libre alguno, segmentado en predios adyacentes de propiedad privada, erige un interminable frente marino que da cuerpo a los proyectos más fantásticos con adjetivos carentes de significado, mas no de sentido: “sustentable”, o “integral” y otros. El supuesto de que Dubai y Cancún pueden clonarse a capricho ha provocado que uno de los principales campos de la primera gran crisis del mundo globalizado sea el inmobiliario. Luego de ocupar burbujas en las metrópolis, los ricos del planeta quieren en exclusividad islas y playas, no aceptan que es el modelo territorial que ahora colapsa. Toca a los especialistas contribuir a entender el fenómeno, para en seguida explicarlo y fundamentar alternativas en busca de la relación amable con el territorio. Es el reto que motiva nuestro proyecto.

 

Bibliografía citada

Alighieri, Dante (2007) Divina Comedia, Ángel Chiclana, editor, Madrid: Austral.

Saviano, Roberto (2008) Gomorra, México, D. F.: Debate


 


 



Topofilia: Revista de Arquitectura, Urbanismo y Ciencias Sociales 2008
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